Cambiar oro por espejitos y cuentas de colores

Los conquistadores llegaron a estas tierras no con la altruista idea de compartir su conocimiento con los que las habitaban, sino con la intención de dominarlos, imponerles no sólo su voluntad, sino sus ideas, las cuales iban en un único sentido.

Fue así como se les impuso una religión ajena por completo a sus tradiciones, una sociedad de explotación a favor de los nuevos amos y una economía de pauperización.

Cuando vieron que los indígenas tenían oro y plata, decidieron cambiárselos por cosas que éstos no tenían: espejitos y cuentas de colores – por ejemplo -.

Como ése tan favorable – para los conquistadores – intercambio pudo prosperar, todos los conquistadores futuros y en todas las latitudes los emplearon.

El día 26/10/2004, en la Argentina, la ¿justicia? lo convalidó.

Desde la época de la colonia las potencias y los poderosos hicieron en Argentina negociados – no negocios -. No vinieron a establecer comercios, sino a explotar.

Para poder hacerlo, consiguieron leyes que los beneficiaran.

Apelaban al discurso que pedía que se permitiera a los capitales foráneos invertir en el país, obviando mencionar que el fin que perseguían era el de llevarse todo el capital posible, sin intenciones de generar verdaderas riquezas que quedaran en el país.

En las épocas de Martínez de Hoz y de Cavallo como ministros de economía, el país acumuló deudas inconcebibles.




Baste recordar que al momento del golpe militar del ´76, se debían aproximadamente siete mil millones de dólares y en 25 años la deuda aumentó más o menos 1700%.

Además, en ése mismo período, las industrias y los bienes casi desaparecieron.

Todo ésto se hizo siguiendo rigurosamente las “recetas” que impusieron el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, por lo que creo que queda demostrado que ambos organismos son: unos absolutos idiotas e ignorantes en temas económicos, o bien una banda de forajidos, ladrones de guante blanco.

Sean lo que sean, la miseria, la enfermedad y la muerte de miles de argentinos son el resultado de su actividad idiota o delictiva, sin olvidarnos de sus cómplices locales.

Cuando el sistema colapsó en 2001, los bancos manejaban el dinero de los argentinos con un valor de 1 dolar = 1 peso.

Al desintegrarse la burbuja económica, se produjo una devaluación de la moneda local.

Los bancos que aceptaban depósitos en dólares – se entregaban dólares en las ventanillas – manejaron éstos a gusto y piacere y los sacaban del país para depositarlos en el extranjero. En definitiva, compraban dólares baratos aquí y los “vendían” a su verdadero precio en el extranjero.

Al quedar el peso en una relación de 4 a 1 en contra, los bancos dijeron que no iban a poder pagar los depósitos en esas condiciones, y decidieron – el gobierno los respaldó – “pesificar” los dólares.

¿Qué significaba “pesificar”?

Hacer que el dolar que en ese momento se cotizaba a $4,= valiera “1,40.

Sería muy extensa la explicación de todo lo que pasó desde fines de 2001 hasta el 26/10/2004.

Baste decir que esa fecha es la fecha en la que la que se autoproclama “justicia” argentina convalida lo hecho desde la época de la conquista de América: Se puede cambiar oro por espejitos y cuentas de colores.

Yo fui uno de los tantos damnificados por los bancos.

No fue una inmensa cantidad de dólares los que “mi” banco me robó.

Claro que yo no pertenezco a esa inmensa mayoría pobre o indigente que quedó en Argentina, que seguramente verían como una enorme riqueza la cantidad de dinero que me robaron.

Escuché a un representante de los ladrones un par de horas antes del fallo de la Suprema Corte decir que los jueces iban a tener en cuenta la situación de Argentina en relación a sus deuda (impone una quita) y que si declaraba inconstitucional la pesificación – el robo institucional – iba a quedar mal parada frente a los acreedores.

Hasta donde yo sé, la ley es independiente de la economía y de la política. ¿Cómo es eso de que la justicia debe dejar de lado a las leyes y mirar en qué rumbo andan los economistas y los políticos?




Supongamos que alguno o todos los jueces que fallaron – ¡qué palabra más exacta!- a favor de la pesificación se fueran de vacaciones.

Tienen como mascotas unos hermosos perros afganos, de pedigree y ganadores en varios concursos internacionales.

Me los traen a casa para que yo los cuide y para que en ése período se reproduzcan.

Cuando vuelvan, vendrán a casa a buscarlos, pero yo podré entregarles algunos gatos de albañal.

No podrán quejarse, porque les explicaré que los costos no los iba a poder cubrir y que a lo sumo les puedo entregar un gato y medio por cada perro que depositaron en mis manos.

Éste es el momento en que siento vergüenza de ser argentino, pero no por pensar como piensan los ladrones y los corruptos, sino porque soy incapaz de poder hacer algo ya.

Lo único que puedo hacer inmediatamente es publicar este post para contar qué está pasando y prevenir a otros.

A largo plazo, no bajar los brazos y seguir comunicando y fijarme muy bien, pero muy bien a la hora de votar.

P.S.: Si alguno de ustedes se va de vacaciones y tiene perritos…

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