En la Edad Media, los teólogos creyeron poder calcular cuántos ángeles podían bailar en la cabeza de un alfiler… supongo que podría depender de si bailaban abrazados o un rock and roll. 😉
Con el tiempo, el asunto comenzó a ser cada vez menos importante, hasta convertir el cálculo angelical en una mera anécdota.
Luego, con la tecnología, pudimos crear cosas cada vez más pequeñas. Llegó la nanotecnología. Una serie de mecanismos increíblemente pequeños que prometen trabajar en el futuro como cirujanos, farmacéuticos, soldados, y muchas otras cosas más.
Según define la Wikipedia, un nanómetro (de ahí el nombre) es la millonésima parte de un milímetro.
Algo difícilmente comprensible para la mayoría de los mortales, que escuchamos que son máquinas hechas de átomos…
…unos pocos átomos.
Luego de un tiempo, como estos nanoartilugios son cosas tan distantes de nosotros como un agujero negro, dejamos de pensar en ellos y pasamos a una aceptación pasiva… la tecnología ha avanzado tanto que ya casi perdimos la capacidad de asombro.
¿Pero qué pasa si pensamos en nanocosas (perdón por estar inventando nombres que comienzan con nano) que no son producto de la tecnología, sino de la mano increíblemente firme de un artista/artesano?
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