Dejar el trabajo (cuento verdadero)

Cuando era joven no podía entender a los “viejos” que decían que no podían vivir sin trabajar.

Y no me refiero a no poder subsistir por falta de ingresos o por tener una magra jubilación, sino a que el hecho de no trabajar les provocaba una aguda depresión.

¡Poder vivir sin trabajar! Ese era mi sueño.

Ahora que estoy tocando los 50, creo que empiezo a entender a aquellos “viejos”.

Hace casi 20 años que estoy trabajando en el mismo lugar. En realidad, debería haber dicho en la misma empresa, porque me fueron cambiando de oficina a medida que iba creciendo como empleado.

Recuerdo que cuando empecé, atendía al público que venía a preguntar si ellos estaban en la lista. Me fijaba en un largo listado; y como casi siempre figuraban, les indicaba a qué oficina debían ir, porque al lado del nombre se indicaba el destino.

No recuerdo bien si fue a los 2 o a los 3 años, que me pasaron a otro sector, en el interior del edificio, en un primer subsuelo, donde debía atender al público que alguien en la entrada había derivado a mi oficina; les tomaba los datos, generaba unas fichas muy completas y luego enviaba a la persona a otra oficina. Inmediatamente debía introducir las fichas en una ranura en la pared, que las aceptaba lentamente, hasta que desaparecían y se encendía una luz verde. Si bien había un tablero con luces de diferentes colores: amarillo, rojo, azul, blanco, anaranjado, nunca las vi encenderse.

Luego de unos 5 años, me dieron el pase a la oficina que se encargaba de preparar unas cajas contenedoras de 30x60x25 que tenían en su tapa una especie de sobre transparente. Las cajas eran de un color que no puedo definir. Según la luz que recibieran, podían verse grisáceas o de un color amarronado. Tenían en una esquina una línea diagonal de más o menos un centímetro de ancho de color celeste. Una vez armadas, las colocaba en una cinta transportadora que las llevaba a través de la pared a otra área.

Si bien no era un trabajo muy “divertido”, no era mucha la cantidad de cajas que tenía que hacer. Hablando una vez con un empleado que vino a arreglar la cinta, me enteré de que yo no era el único que hacía esa tarea, que había otros que hacían cajas pero la línea de color era diferente en cada oficina. Lástima que no le pregunté cuántos más hacían el mismo trabajo que yo.

Allí estuve aproximadamente 4 años. estaba un poco más lejos de la salida que en la anterior, y no tenía luz natural. Me alegré cuando me pasaron a otra área.

Recuerdo que me sorprendí mucho cuando me indicaron dónde quedaba mi nuevo puesto de trabajo. Nunca había pasado más allá de los baños en el pasillo en el que estaba. Un par de metros más lejos, había una abertura que nunca había visto que llevaba a un pasillo largo, con muchas puertas. La mía era la novena de la derecha.

Me explicaron que mi tarea era sencilla: debía tomar unas fichas a medida que fueran llegando y cargar los datos que tuvieran en una máquina que parecía una computadora de las que en las películas de ciencia ficción aparecían como “cerebros electrónicos”.

Tenía muchas luces que permanentemente se encendían y apagaban, y nunca pude descubrirles un orden determinado.

Las fichas aparecían lentamente de una ranura en la pared; las tomaba y cargaba los datos. A medida que volcaba la información, una serie de luces amarillas se iban encendiendo. Tomaba la ficha y la colocaba en otra ranura en la pared opuesta, la que la “absorbía” lentamente. Un minuto después, las luces amarillas iban poniéndose verdes y al llegar a la última, salía una tarjeta igual a la que había cargado, pero codificada. No se usaban los caracteres normales de nuestro idioma. Si bien no soy lingüista, puedo decir que eran letras muy diferentes a las que había visto jamás.

En alguna oportunidad, no todas las luces amarillas cambiaron a verde. Cada tanto, una de ellas seguía igual, y era entonces cuando la misma ficha que antes había cargado, volvía a aparecer por la ranura en la que la había dejado, y me veía obligado a cargarla nuevamente y devolverla por la ranura. Recién después de eso, pasado un minuto, la luz cambiaba a verde e imprimía la tarjeta codificada.

Sin perder tiempo, debía levantarme y colocar la tarjeta en una cinta sinfín con cajitas contenedoras que salía de mi oficina e iba hacia abajo. Recuerdo que alguna vez envié un mensaje de saludo a quienes estuvieran al final de la línea. Inmediatamente llegaba mi papel hecho un bollo. Luego del tercer intento, imaginé que quizás mis compañeros de abajo no quisieran entablar una relación epistolar conmigo.

Tres años más tarde, me asignaron a un área diferente.

Recuerdo que para llegar allí, debía seguir por mi pasillo, y luego de pasar la doceava puerta de la derecha, debía doblar hacia ese mismo lado y me encontraba en un pasillo corto, que doblaba nuevamente a la derecha por un par de metros y luego de tomar a la derecha nuevamente, quedaba frente a una escalera metálica, tipo caracol, que me llevaba directamente 3 pisos más arriba.

Era aburrido y cansador subir esas escaleras. Recuerdo que había tomado como hábito el tantear los pestillos de las puertas a medida que ascendía para ver si estaban abiertas. Nunca lo estuvieron.

En mi nuevo trabajo, debía tomar una tarjeta que salía de la pared que se encontraba a la izquierda; debía verificar que el casillero de la parte inferior estuviera pintado de color blanco, luego dirigirme a la pared enfrente a la puerta, y esperar que la cinta transportadora me trajera una caja como las que en alguna oportunidad había armado, solo que éstas tenían una tira de color rosa en lugar de celeste como las mías. Debía cotejar si los últimos símbolos (podían ser hasta 37) de la parte superior de la ficha coincidían con los de la tapa de la caja, y de ser así, colocar un símbolo hecho con un medio círculo y medio triángulo unidos en el área blanca. Luego, ponía la ficha en el sobre transparente de la caja con los datos hacia el frente y llevarla hacia la pared de la derecha y colocarla en otra cinta transportadora que la hacía desaparecer rumbo a otra oficina.

Si los datos no eran correctos, recuerdo que debía marcar la ficha en el área blanca con una cruz (no una X) y devolverla por la ranura. Inmediatamente, la cinta transportadora se detenía, cambiaba de dirección y debía colocar nuevamente la caja en ella para devolverla.

Nunca sucedió nada así.

Recuerdo que las cajas eran livianas. O mejor dicho, se habían vuelto más livianas con el paso de los meses. No lo había notado. hasta que un día, por girar demasiado bruscamente, perdí el equilibrio, y sin llegar a caerme, sacudí la caja. Algo había hecho un ruido sordo dentro.

Nunca me habían dicho que no podía mirar, pero como todo estaba tan pautado, ni siquiera se me había ocurrido.

La tentación es a veces más fuerte que la obligación. No pude resistirme y levanté un poco la tapa.

Lo que vi fue: un vestidito floreado prolijamente doblado, sobre él una bombachita de color rosa, un par de sandalias pequeñas y unos zoquetitos primorosamente arrollados.

No estuve mucho tiempo en ese puesto. La semana siguiente al tropezón, me ascendieron.

Desde entonces me encuentro en esta oficina, que tiene no muy lejos una ventana que da al pulmón de la manzana. Si bien todos los edificios son grises, altos, y con pocas ventanas, por lo menos puede entrar algo de claridad al mediodía.

Aquí debo recibir unas fichas a través de una ranura en la pared, debo verificar que qué color están marcadas (amarillo, negro o rojo) y de acuerdo a eso, debo archivarlas en unas cajas negras, amarillas o rojas, sin ningún orden en particular, y los jueves a las dos de la tarde, debo enviar las cajas por la cinta transportadora correspondiente.

Sé que en no mucho tiempo más, me corresponderá un ascenso.

La posibilidad es la de pasar al fondo, a la zona de pre-archivo o catalogación.

Lo sé porque en un par de oportunidades, por encontrarse fuera de servicio alguna cinta transportadora en algún lugar entre mi oficina y mi próximo destino, tuve que llevar personalmente las cajas.

Cuando salgo de mi oficina, debo tomar hacia la derecha, y seguir por una serie de pasillos hasta la zona de pre-archivo. El pasillo largo, lleva a un área restringida todavía para mí. Desde lejos puedo ver el cartel de prohibido el paso (ése, el círculo rojo con la línea horizontal blanca en el centro); es por eso que debo doblar a la izquierda en el primer pasillo y seguir.

Cuando nadie me veía, usé el “viejo truco” de la cámara escondida y filmé cómo es el recorrido; pero no me animé a meterme en la zona de catalogación, porque las dos o tres veces que fui, lo hice con un empleado de esa área, que me dijo que no iba a encontrar la salida fácilmente. Y era cierto. Y eso que no nos adentramos demasiado…

El día de la filmación, la luz de la primer oficina del área de pre-archivo estaba apagada, por lo que no se puede apreciar nada.

Aquí pongo lo que filmé. Todavía no sé bien por qué lo hice, pero ya que está hecho…

Me da un poquito de miedo el ascenso. Mis compañeros se veían poco amigables. Tal vez debiera decir apáticos o cansinos, y para colmo, todos los que vi, que no eran más de 4, eran de semblante pálido, casi diría grisáceo, como si no les gustara mucho estar al aire libre.

El compañero que me llevó – lástima que no le pregunté el nombre -, me dijo que estaban contentos con lo que hacían; que hasta les gustaba hacer horas extra, que si bien no eran pagas, usaban esas horas para acumularlas para las vacaciones. Él, por ejemplo, hacía muchas horas, pero nunca se las tomaba. En un principio sí; pero luego, descubrió que le gustaba lo que hacía y que había decidido quedarse de más, porque no se lo prohibían.

Esperaba el ascenso (a la zona vedada, creo), porque le habían dicho que el trabajo allí era mucho más interesante todavía.

La perspectiva de pasar tantas horas en el trabajo no me entusiasma, si bien las ganas de vivir sin trabajar hace rato que se me fueron.

Parece que a medida que se va creciendo en la empresa, las tareas son cada vez más interesantes, haciendo incluso que se llegue a pedir vivir en el área de las habitaciones.

Porque hay un área destinada a vivienda para los empleados más antiguos que quieran evitar el gasto en viáticos y la demora para llegar al trabajo. Es gratis. Ni siquiera tienen problemas con las compras, porque hay un pequeño mercado para comprar lo que se pueda comer y ropa, que con el tiempo casi no se necesita, porque para trabajar en los archivos y las áreas más internas, se usa el uniforme que la empresa provee. Los precios, bajísimos. Pero es únicamente para los que viven en el complejo.

Muchas veces, en casa, antes de dormir, pienso en la posibilidad de que a mí también se me dé por pasar cada vez más horas en la oficina. No quisiera perder mi vida social, aunque desde hace ya bastante tiempo que se limita a salir algún día a caminar por ahí, sin rumbo, sin ver a los amigos, que de a poco fui dejando de visitar.

Otras veces llego a la conclusión de que en realidad, más bien ganaría vida social; estaría por lo menos con compañeros de oficina, con los que podría charlar e incluso salir alguna vez, qué sé yo, al cine o a algún otro lado.

Sé que me estoy volviendo un ermitaño. Pero lo que me duele, es que no me molesta.

Sin que nadie lo supiera, me grabé saliendo…

Cada día me cuesta más dejar la oficina.

5 pensamientos en “Dejar el trabajo (cuento verdadero)

  1. Se parece a Kafka, o mejor, al cuento de Marco Denevi pretendiendo ser el primer cuento de Kafka, donde un hombre que es llamado a declarar en un juicio en condicion de testigo, debe esperar a que lo llamen, y esta espera se prolonga en el tiempo, pasan los meses y pasa a ser el secretario del juez, y pasan los años y no es convocado a declarar, y … termina siendo juez.

  2. EXCELENTE!. Ahora bien, en el segundo los afiches de Lista Verde, CTA y demas te delatan que laburas en el Estado. 🙂

    Esos laberintos de pasillos me hacen acordar a cuando tuve que ir al ministerio de trabajo, en la sede que esta ahi por Callao…

    FC

  3. Es terrible…. si… se ve el deterioro de un ser humano… sus sueños y aspiraciones encajonadas… tapadas…. pospuestas… Como se consume en su soledad sin ver ningun cambio… sin amistades… sin alegria. Y lo que es peor no se da cuenta.

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