Dolor sin odio

Ayer se cumplieron 6 meses de la tragedia de Cromañón.

Casi un centenar de personas perdieron la vida en un siniestro que pudo haberse evitado.

Muchas veces los accidentes “podrían haberse evitado”.

Se sumaron varios factores: se encontraban las personas equivocadas en el lugar menos indicado, y un recital de rock, por culpa de un recinto sobrepoblado, con las puertas de emergencia trabadas, con material altamente combustible en el techo, donde se encendieron bengalas, que además fueron arrojadas al aire, donde los propietarios dejaron que se siguiera con el espectáculo de fuego y luz, donde los músicos no interrumpieron el concierto, donde no estaban las autoridades presentes – bomberos, policía, gobierno – en el momento de habilitar y controlar el lugar, se convirtió en una tragedia.

¡Qué difícil es encontrar “al” culpable!




Todos aportaron su granito de arena.

Seguramente nadie quería ser el asesino de un centenar de personas y dejar un tendal de personas afectadas por la intoxicación por los gases de combustión y las heridas sicológicas provocadas por semejante situación.

Casi desde el primer momento que esta idea me andaba rondando por la cabeza.

No quería hablar del tema y que pareciera que era alguien más que se prendía de la “moda” de hablar de “los chicos de Cromañón”.

Debe ser muy difícil de asimilar un hecho así para las víctimas que quedaron con vida, con más o menos salud, pero también lo debe ser para los seres queridos.

Lo que me decidió a escribir este post, fue lo que escribió el padre de un chico de apenas 18 años, que falleció en la tragedia.

El señor – con todas las letras – Rodolfo Rozengardt, da una muestra de dolor por la pérdida de Julián, pero sin el odio, ni tan siquiera la bronca que ciega la razón.

Claramente expone su dolor y su opinión/juicio, y siento que lo hace para ver si este tipo de situaciones, donde se juntan factores desencadenantes de tragedias, pueden evitarse y que quienes merezcan castigo, lo reciban.

No debe ser el único que piensa así.




No digo que esté mal que otros familiares estén enfurecidos con quienes consideran los mayores responsables.

Un dolor no puede cuantificarse cuando lo que duele es el corazón, el alma.

Espero, como deben esperar todos, que nunca más ocurran hechos de esta naturaleza y que quienes hayan tenido su parte de culpa, que reciban su parte de castigo.

Les recomiendo leer la carta de lectores de Clarín, titulada “Socios de la muerte”.

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