Le doy la razón a La Nación

No es este diario santo de mi devoción.
Siempre fue un diario golpista y de derecha.
Es una publicación dirigida a una clase social que no es la mía. Ni de la mayoría de los argentinos.
Si bien no soy asiduo lector de este diario, no recuerdo haber estado de acuerdo con él anteriormente.
Por lo menos hasta hoy. Hasta esta nota.

Sección: NOTAS
Página 21
Obediencia sonriente
Por Alicia Dujovne Ortiz
Para LA NACION




PARIS
Las imágenes de los campos de exterminio nazis son, obviamente, atroces. Recuerdo una, extraída de un documental filmado por los mismos nazis, que me impresionó en particular. La imagen era infinitamente menos terrible que tantas otras: un soldado alemán observaba el vagón de ganado donde los deportados judíos habían sido amontonados y se reía. Su risa reflejaba una mezcla de infantilismo y sensualidad; el soldado gozaba como un niño que martiriza a un bicho.

Al escuchar, años más tarde, relatos directos de sobrevivientes de Auschwitz, la risa del soldado me volvió a la memoria. Muchos de los guardias alemanes ideaban torturas que iban de lo más horrible a lo menos, pero que casi siempre incluían la diversión. Reunir a los prisioneros muertos de hambre, desatar lentamente ante su vista los paquetes con alimentos que, con extraña ingenuidad, les enviaba la Cruz Roja, ir sacando del paquete galletita tras galletita y comérselas ellos, despacio, de a poco, con un demostrativo deleite, mientras los esqueletos vivientes se desmayaban ante el olor de la comida, formaba parte de un solo y mismo universo.

¿Cuál? Todos hemos oído hablar de la célebre experiencia llevada a cabo hace unos años por la universidad de Yale para medir el grado de sumisión a la autoridad y de obediencia a las órdenes de un grupo de voluntarios que habían respondido a un aviso.

El programa se llamaba Estudio de la Memoria. Pagaban cuatro dólares por hora a los que quisieran representar el papel de “maestros”. Los “alumnos”, ubicados frente a los “maestros”, debían responder las preguntas que éstos les formulaban de acuerdo con las indicaciones de un profesor de psicología a cargo del experimento. Un aparato eléctrico producía descargas que iban de los 15 a los 450 voltios. Cuando los supuestos alumnos, que en realidad eran actores contratados para fingir dolor, se equivocaban en sus respuestas, los voluntarios, convencidos de colaborar con un experimento pedagógico avalado por la autoridad científica, recibían la orden de castigarlos enviándoles descargas cada vez más intensas.

A mayor intensidad de la descarga, mayores las protestas de las víctimas, sus muecas de dolor y, por último, sus contorsiones convulsivas. Pero, por si las muestras de sufrimiento no fueran lo bastante elocuentes, cada botón del aparato llevaba la especificación del voltaje y de su intensidad: slight shock , moderate shock , strong shock , hasta llegar a Danger: severe shock . Algunos voluntarios abandonaron la sala al darse cuenta de lo que se pretendía de ellos. Otros llegaron hasta los niveles intermedios y abandonaron también. El porcentaje de los que escalaron todos los niveles hasta llegar al límite máximo – el de la “obediencia debida”, como decíamos, ayer, en la Argentina – fue del 65 por ciento.

Lo extraordinario del caso, aparte del experimento mismo, es su conclusión. Los instigadores del suplicio teatralizado concluyeron que esos “torturadores” no tenían particulares tendencias agresivas, sino sólo respeto por la autoridad. Era gente normal que obedecía órdenes y punto. La misma teoría de Hannah Arendt cuando afirmó, en 1963, que Eichmann no era un monstruo sádico, sino un burócrata obediente.

Periódicamente nos ha tocado asistir a juicios en los que la sumisión a las órdenes ha servido de cobertura para lo que, desde un punto de vista ético, resultaba monstruoso. Según esa teoría, el culpable de la crueldad no es el individuo cruel, sino el sistema, que, al abolir la conciencia individual, lo obliga a cometer crueldades a la manera de un autómata desprovisto de toda emoción.

Estas reflexiones cobran actualidad ante las torturas infligidas por soldados norteamericanos y británicos a prisioneros iraquíes. También esta vez el sonsonete es el mismo: las soldaditas de aspecto angelical que se divirtieron humillando, violando y martirizando a hombres desnudos y encapuchados sostuvieron que cumplían órdenes.

Ninguna duda puede caber al respecto: tanto Joseph Mengele ,en Auschwitz, como el mayor general Geoffrey Miller – encargado del centro de detención de Guantánamo y enviado a la prisión de Abu Ghraib para enseñar a los soldados de la coalición, o de lo que queda de ella, a preparar a los prisioneros para hacerlos hablar – han impartido las órdenes que sabemos. Lo mismo hacía Saddam Hussein, lo mismo hicieron, y hacen, dirigentes de países que ahora se horrorizan ante los desatinos cometidos por los soldados de Bush y de Blair.




Sabemos todo eso. No ignoramos que parte del entrenamiento de ciertas tropas consiste en padecer torturas para aprender a aplicarlas. Pero lo que nadie puede ordenarle a nadie, y es ahí donde disiento con la conclusión del experimento de Yale y con la de Hannah Arendt, es la sonrisa.

Esa sonrisa fotografiada y filmada en abundancia, tanto durante el nazismo como ahora, en Irak, no surge en el rostro de los jefes, sino de los subalternos. La que sonríe es la mano de obra. Hitler no se reía. Salvando distancias, Rumsfeld tampoco. También nuestro Videla se mantenía serio como perro en bote. Al menos en público, los que dan órdenes deben mostrar un rostro grave, tendiente a que la obediencia parezca responder a un esquema coherente, a una razón, como la del profesor de psicología que investigaba “la memoria”. Cubiertos por el esquema (la “solución final”, la “libertad” para Irak o la guerra contra la subversión), los torturadores pueden dar rienda suelta a tendencias más o menos ocultas que, en mi humilde opinión, y desgraciadamente para lo que ha dado en llamarse el ser humano, incluyen el placer de la crueldad.

Auschwitz no era una perfecta fábrica de muerte, aséptica y organizada, como se la ha querido mostrar: era un loquero conducido por guardias permanentemente borrachos, que vivían de fiesta. Mengele no era un burócrata ni un autómata: era un tigre dominado por cóleras que le ensangrentaban los ojos. Nada sabemos sobre las soldaditas angelicales de Abu Ghraib, salvo que también ellas han caído en la consabida tentación de fotografiar sus hazañas, muertas de risa, exactamente como lo hacen los pedófilos sádicos que filman las suyas para vender los videos a precio de oro. La reiteración de episodios atroces como los de Kosovo o Ruanda, o el incremento mundial de las redes de prostitución infantil con fines no sólo sexuales, sino también criminales, nos lo están diciendo con claridad: las palabras: “Nunca más” son una expresión de deseo, un objetivo al que tender, aun sabiendo que el alto porcentaje de “obedientes” capaces de llegar a los 450 voltios espera, en general sin saberlo, la oportunidad de estallar en esa clase de risa.

¿Cómo surge el sadismo, cómo nace, qué le permite desarrollarse, qué vigilancia se requiere para detectarlo, qué trabajo tenaz y vigilante para amansarlo siquiera un poco? La madre de una de esas soldaditas torturadoras apareció en televisión aseverando, con aire ultrajado, que ésa no era su hija, que su hija nunca había sido así. Con otra gente, puede que no; con el gato, seguro. Sin necesidad de recurrir a experimentos eléctricos, todos tenemos algún recuerdo infantil relacionado con el 65 por ciento. Yo tenía siete años cuando, en un hotel, de vacaciones, por las noches, los chicos se reunían a juntar sapos para arrojarlos a la caldera. Nadie les ordenaba hacerlo. No he olvidado sus carcajadas. Éramos pocos los nenes que corríamos a ocultar nuestro llanto por los animalitos quemados, y por las burlas que suscitaba nuestra negativa a echarlos al fuego.

El último libro de Alicia Dujovne Ortiz es Anita cubierta de arena (Alfaguara).

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