El origen de la sicalipsis

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Recibo periódicamente noticias referidas a nuestro idioma y un informe llamado La palabra del día, donde puede conocerse la etimología de palabras que -en la mayoría de los casos- usamos diariamente sin saber cuál es su origen.

Normalmente el informe es interesante, aunque a veces, puede resultar sumamente entretenido, por no decir divertido.

En el día de hoy recibí el boletín, que me arrancó una carcajada espontánea.

Fíjense si a ustedes también les causa gracia:

LA PALABRA DEL DÍA

sicalipsis

Significa ‘picardía o malicia referente a temas sexuales’. Este vocablo fue formado arbitrariamente por yuxtaposición de las palabras griegas sykon (higo) y aleipsis (frotar, untar) con base en alguna idea que dejamos librada a la imaginación de cada lector.
Decimos ‘arbitrariamente’ porque la palabra no nos llegó por cierto desde el griego sino que aparece registrada por primera vez en el anuncio de una obra pornográfica publicado en 1902 en el diario El Liberal, de Madrid. El uso más frecuente no es el sicalipsis sino más bien del adjetivo sicalíptico que, más allá de la definición académica reseñada al comienzo, significa ‘obsceno’ o ‘pornográfico’.





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Un loco

Me mira desde la puerta.

El terapeuta me pidió que escribiera algo.

Me dio una hoja en blanco, sin márgenes ni renglones, con la finalidad (seguramente) de saber algo más de mí, especulando con que mi capacidad (o in) de mantener renglones más o menos equidistantes y horizontales pueda darle alguna pista.




Imagino que el tema de respetar o no los márgenes tendrá también, alguna finalidad.

Otro punto a considerar, será seguramente, la letra.

Palabras partidas o unidas, separaciones, inclinación, etc.

Texto tachado o corregido, debe tener también su patología oculta a los ojos de un lego.

¿Tendré que decirle que quizás el “experimento” no sirva cuando el sujeto de estudio está en conocimiento del grueso de detalles que él (el terapeuta) analizará?

¿Si escribo un texto en el que ponga de manifiesto que me encuentro preparado, “podrá ser usado en mi contra”?
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Dejar el trabajo (cuento verdadero)

Cuando era joven no podía entender a los “viejos” que decían que no podían vivir sin trabajar.

Y no me refiero a no poder subsistir por falta de ingresos o por tener una magra jubilación, sino a que el hecho de no trabajar les provocaba una aguda depresión.

¡Poder vivir sin trabajar! Ese era mi sueño.

Ahora que estoy tocando los 50, creo que empiezo a entender a aquellos “viejos”.

Hace casi 20 años que estoy trabajando en el mismo lugar. En realidad, debería haber dicho en la misma empresa, porque me fueron cambiando de oficina a medida que iba creciendo como empleado.

Recuerdo que cuando empecé, atendía al público que venía a preguntar si ellos estaban en la lista. Me fijaba en un largo listado; y como casi siempre figuraban, les indicaba a qué oficina debían ir, porque al lado del nombre se indicaba el destino.

No recuerdo bien si fue a los 2 o a los 3 años, que me pasaron a otro sector, en el interior del edificio, en un primer subsuelo, donde debía atender al público que alguien en la entrada había derivado a mi oficina; les tomaba los datos, generaba unas fichas muy completas y luego enviaba a la persona a otra oficina. Inmediatamente debía introducir las fichas en una ranura en la pared, que las aceptaba lentamente, hasta que desaparecían y se encendía una luz verde. Si bien había un tablero con luces de diferentes colores: amarillo, rojo, azul, blanco, anaranjado, nunca las vi encenderse.




Luego de unos 5 años, me dieron el pase a la oficina que se encargaba de preparar unas cajas contenedoras de 30x60x25 que tenían en su tapa una especie de sobre transparente. Las cajas eran de un color que no puedo definir. Según la luz que recibieran, podían verse grisáceas o de un color amarronado. Tenían en una esquina una línea diagonal de más o menos un centímetro de ancho de color celeste. Una vez armadas, las colocaba en una cinta transportadora que las llevaba a través de la pared a otra área.

Si bien no era un trabajo muy “divertido”, no era mucha la cantidad de cajas que tenía que hacer. Hablando una vez con un empleado que vino a arreglar la cinta, me enteré de que yo no era el único que hacía esa tarea, que había otros que hacían cajas pero la línea de color era diferente en cada oficina. Lástima que no le pregunté cuántos más hacían el mismo trabajo que yo.
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Matemáticas y diversión

Creo que para la mayoría de nosotros, en la escuela (sobre todo en la secundaria), estudiar matemáticas no sólo era aburrido, sino además incomprensible.

¿Para qué cuernos quería yo saber de ecuaciones con una, dos o chiquicientas incógnitas?




¿Qué utilidad práctica podían tener en el futuro teoremas como el de Pitágoras, que había muerto hacía tanto tiempo?

Era una verdadera pérdida de tiempo. La mayoría de los profesores daban la materia tal como venía “envasada” en el libro de matemáticas. Fórmulas, teorías, demostraciones y soluciones sin ningún “agregado” que las convirtiera en útiles.

Años después, cuando estaba cursando el primer año en la facultad (quise estudiar medicina. Alguna vez hablaré sobre el tema), la solución de un problema de matemáticas, me ayudó años después.
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Me dolió, porque es la realidad…

Los Nadie
Eduardo Galeano

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.




Los nadies: los hijos de nadie, lo dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.




Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Gracias Hernán.