Una muerte

Un cuento de Héctor Oesterheld

Yo andaba investigando la muerte del Jon.
Las huellas, luego de contornear todo el pueblo, me llevaron hasta la pequeña casa junto al río, casi perdida entre los juncos.
No hacía frío, pero igual me subí las solapas del abrigo y hundí las manos en los bolsillos.
Subí cinco escalones no muy seguros, empujé la puerta, entré.
Jaulas, pajareras por todas partes. De fabricación casera.
Pájaros de colores: cotorras, cardenales, pechos colorados, canarios. Pájaros grises, pájaros marrones. Grandes y chicos.
Avancé: fue como entrar en una nube de píos, trinos, gorjeos. Y de olor denso, cálido.
De entre dos pajareras salió el hombre. Tricota agujereada, cabeza blanca. Ojos curiosamente grandes y claros en el rostro ceniciento, lleno de arrugas; un rostro muy gastado, pero abierto, cordial.
—Hace tres días… —empecé.
Y me detuve. Me miró por un momento. Miró al piso, volvió a mirarme. Ya nos estábamos entendiendo.
—¿Amigo suyo?
Asentí.
—¿Sabe lo que…, lo que le pasó?
Volví a asentir. Sigue leyendo

¿Qué comemos?

ADVERTENCIA:
EL SIGUIENTE TEXTO PUEDE AFECTAR A LAS PERSONAS CON ESTÓMAGO DELICADO.

…Encima de la tostada se coloca la margarina, en trozos que se extienden con facilidad en gruesas capas. Antes solía utilizarse mantequilla (N.del E.: manteca) para las tostadas, pero las advertencias referentes al colesterol y a los ataques cardíacos han hecho que en muchos casos, como en el hogar que nos ocupa, se haya vetado la mantequilla (manteca). Sólo se emplea margarina ligera y fresca, que cuida la silueta, que no perjudica al corazón y es totalmente vegetal. O más bien habría que decir que los consumidores creen que es ligera, que cuida la silueta, que es más fresca, etc., sin pensar en su proceso de fabricación.
La margarina se compone principalmente de grasa. Fue inventada después de las revueltas urbanas de 1848 para ganar un premio que había ofrecido Napoleón III, emperador de los franceses, a quien encontrase una fuente barata de materiales grasos para las clases menos privilegiadas, que no podían comprar mantequilla (manteca). Actualmente en la margarina se incluye grasa de soja, y también grasa de arenques. Alrededor del 20% del total consiste en grasa de oveja o incluso grasa de cerdo, la antigua y agradable manteca, que se mezclan y disuelven para obtener la margarina. Pero si la grasa de cerdo derretida huele mal, mezclada con grasa de arenque en ebullición y otras grasas resulta tan repelente, tan desagradable a imposible de vender (su superficie toma un color gris), que en primer lugar se debe verter dicha mezcla en grandes tinas desodorantes, para tratar de eliminar el olor.
Lo que se extrae de las tinas desodorantes en ese primer paso todavía no forma la tentadora sustancia que se conoce como margarina comercial. Es gris, es pegajosa y es demasiado rechoncha. Las grasas que fueron hervidas temporalmente por separado en la tina desodorante no pueden mantenerse por separado durante mucho tiempo, y se coagulan de nuevo en grandes bloques desprovistos de atractivo. Estos bloques tienen que desaparecer.
La sustancia gris resultante se vuelca en otra tina, donde previamente se han echado raspaduras de metal. Se cierra la tina y su contenido se rocía con hidrógeno en estado gaseoso. Allí se hierven y comprimen las grasas, que reaccionan con el níquel y el hidrógeno, y cuando acaba el proceso y se levanta la tapa del recipiente, los bloques han desaparecido.
La grasa de oveja y de arenque y la manteca de cerdo no cuestan demasiado, pero si durante esta fase se diluyen con algo aún más barato y más fácil de conseguir en grandes cantidades, el costo de producción dela margarina se reducirá todavía más. Esta otra sustancia aguarda en otra tina de la fábrica, al lado de aquella en que tuvo lugar la eliminación de los bloques. Es leche, pero una leche especial.
Las disposiciones oficiales de la mayoría de los países suelen clasificar la leche en dos tipos: de primera clase -nivel A-, fresca, analizada y adecuada para el consumo humano; y de segunda clase -nivel B-, que los consumidores no suelen encontrar normalmente, pero que se utiliza para fabricar leche condensada, pasteles industriales y alimentos lácteos infantiles, porque es un poco más vieja o tiene más bacterias de lo conveniente. La leche que está esperando para ser mezclada con la grasa en la fábrica de margarina es de segunda clase, o incluso peor, no es fresca y, en realidad, se está agriando. Aunque ya haya sido pasteurizada con anterioridad, los ingenieros de la fábrica tienen que someterla a un nuevo proceso de pasteurización para quitarle parte de las sustancias perjudiciales que se encuentran en su interior. A continuación, se cuela, se filtra y se vierte en el recipiente donde aguarda la grasa.
Esta mezcla plantea un problema, ya que el aceite y el agua no se mezclan entre sí (recuérdese lo que pasa al aliñar una ensalada). La manteca de cerdo y la grasa de pescado son muy oleosas, mientras que la leche agria está formada por agua en un 88%. Para garantizar al acoplamiento, hay que introducir otras sustancias en la tina donde se mezclan ambos componentes, así que se añaden entonces emulgentes parecidos al jabón, que forman espuma alrededor de cada gota de agua de la leche agria, con lo cual se evita que se unan con el resto del agua lechosa que hay en la tina. A continuación se vierte gran cantidad de almidón dentro de la mezcla para impedir que el líquido recobre su estado anterior.
Convertir en producto comestible esta mezcla grisácea de leche agria y grasas animales, jabonosa y llena de almidón, es un proceso realmente admirable. Primero, se agrega un poco de colorante que sirva para cubrir el repulsivo líquido gris. Los tintes amarillos normales no servirían para ello, ya que el gris es tan oscuro que seguiría advirtiéndose, y por ello se emplean tintes muy potentes cuya base son los alquitranes de carbón refinados con azufre.
A continuación, se introduce un fuerte aromatizante con objeto de que esta mezcla tenga un gusto diferente a lo que es en realidad: una mixtura de manteca de cerdo, otras grasas, y leche agria. Luego se añaden vitaminas, ya que todo este proceso ha convertido la sustancia en cuestión en algo casi sin valor desde el punto de vista nutritivo. Más tarde, el resultado de todos estos pasos se comprime, se enfría, se amontona, se corta en largos bloques, luego se corta en bloques más pequeños, y finalmente se coloca dentro de cubetas de plástico.
A veces, al principio se mezcla a este conjunto un poco de aceite de girasol. No es que sea un componente muy necesario, y tampoco provoca la menor diferencia en el resultado del producto, pero sirve para que los diseñadores del envoltorio puedan disponer allí atractivos prados soleados y grandes espacios abiertos. La Academia de Ciencias francesa, patrocinadora inicial de la sustancia, también tuvo sus dudas al respecto. El premio a la primera margarina se concedió en 1869, pero once años más tarde dicha Academia decretó que no podía ser utilizada en los comedores oficiales, alegando que poseía un gusto demasiado repugnante…

Lo arriba expuesto puede ser verificado. Lo extraje del libro:

Los secretos de una casa
El mundo oculto del hogar

David Bodanis

Biblioteca
Científica
Salvat

(c) 1994

Versión española de la obra The secret house publicada por Sidgwick & Jackson Limited de Londres

¡Buen provecho!

¿Pichón de escritor?

En noviembre de 2004 puse un post en el que hablaba de que a Martín (mi hijo menor) le había correspondido una mención en un concurso juvenil de poesía y narrativa organizado por la S.A.D.E. – Sociedad Argentina de Escritores.

El 21 de agosto pasado, en el diario La Ciudad, de Avellaneda, en la columna literaria, apareció una nota en la que se resaltaba a Martín por su estilo literario, era comparado a Artaud, Ionescu y Genet.

Lamentablemente este diario (periódico) no tiene online todas las notas publicadas en papel, por lo que no puedo poner un link a la nota. Estuve esperando a ver si la base de datos se cargaba con posterioridad para hacer un post completo, pero no voy a poder, solamente puedo poner la foto de la nota impresa.

Click en la foto para ampliarla.

Martin en el diario la ciudad de avellaneda

Si quieren leer lo que mi hijo escribe vayan a su sitio personal.

El fantasma

En el año 1974 cursaba el 4º año del bachillerato en el Colegio Nacional Nº7 Juan Martín de Pueyrredón, en la calle Chacabuco 922 en el barrio de San Telmo.

Era ya en ese entonces un asiduo lector; no necesitaba ningún estímulo para agarrar un libro y ponerme a leer.

Pero la profesora de literatura que tuve ese año (lamento profundamente no recordar su nombre en este momento), me -aunque pienso que nos- mostró que la diversidad de autores y géneros podía depararnos maravillosas sorpresas.

Fue ese año cuando descubrí a Julio Cortázar,con sus cuentos: la noche boca arriba, la isla a mediodía, y muchos otros que nos dejaron con la sensación de que lo increíble, lo maravilloso estaba ahí, al alcance de la mano en una biblioteca.

Descubrimos a Rubén Darío como poeta con Lo fatal.

Yo, que tenía el libro en casa pude seguir su consejo y leí Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé.

Horacio Quiroga y sus cuentos de la selva y los cuentos de amor, de locura y de muerte nos espantaron aunque fuera de día.

Y recuerdo vívidamente cuando se leyó un cuento en clase, que mi memoria equivocadamente atribuyó durante muchísimos años a Quiroga, donde hablaba de un hombre que moría.

Hace apenas unos instantes me encontré con ese cuento.

Se titula El fantasma y es de Enrique Anderson Imbert.

Lo recordaba. Sabía qué pasaba paso a paso.

De todas maneras volvió a pegarme un golpe en el pecho, o en donde sea que guarde mis ideas sobre la muerte y la posible vida posterior.

Es sencillamente maravilloso. Conciso, directo, despiadado, podría decisre.

Les recomiendo leerlo. Es breve.

EL FANTASMA
ENRIQUE ANDERSON IMBERT

Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo… Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte lo objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha…Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! – Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo – pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
-Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver – jaula vacía – y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
– ¡No entres! – gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
– ¡Cállate! ¡lo has echado todo a perder! – gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre.
Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.
Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas.
En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Si… ¡claro!… qué duda había. ¡Era tan natural !
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.
Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo “¡Adiós!” sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.

El origen de la sicalipsis

Desde hace un tiempo que estoy suscripto al boletín de noticias de El Castellano, que se define como La página del idioma español.

Recibo periódicamente noticias referidas a nuestro idioma y un informe llamado La palabra del día, donde puede conocerse la etimología de palabras que -en la mayoría de los casos- usamos diariamente sin saber cuál es su origen.

Normalmente el informe es interesante, aunque a veces, puede resultar sumamente entretenido, por no decir divertido.

En el día de hoy recibí el boletín, que me arrancó una carcajada espontánea.

Fíjense si a ustedes también les causa gracia:

LA PALABRA DEL DÍA

sicalipsis

Significa ‘picardía o malicia referente a temas sexuales’. Este vocablo fue formado arbitrariamente por yuxtaposición de las palabras griegas sykon (higo) y aleipsis (frotar, untar) con base en alguna idea que dejamos librada a la imaginación de cada lector.
Decimos ‘arbitrariamente’ porque la palabra no nos llegó por cierto desde el griego sino que aparece registrada por primera vez en el anuncio de una obra pornográfica publicado en 1902 en el diario El Liberal, de Madrid. El uso más frecuente no es el sicalipsis sino más bien del adjetivo sicalíptico que, más allá de la definición académica reseñada al comienzo, significa ‘obsceno’ o ‘pornográfico’.

Para los que quieran suscribirse al boletín de noticias, pueden hacerlo en El Castellano.